Carl Van Vechten sopla un viento de madréporas
           en la piel de Marie Laurencin
 
Marie Laurencin photographed by Carl Van Vechten, 1949
 
 
 
Marie Laurencin por Carl Van Vechten

 

 
El asco era una luz gimiente por los muslos.
Misericordias del sueño, alma redemptoris,
¡Así jugaban con caretas desvirtiéndose sobre tu cara de tigra!
¡Así la clave en mimetismos 
iba cruzándote gardenia implacable, verdinegramente amada
por todas las cortezas!
¿No te crucificaban en trono de cortezas?
Hay que contemplar la fiesta alevosa del peligro:
mi madre esconde un cuchillo debajo de la almohada
y duerme con él
como si fuera un amante de perfectísimo esqueleto,
y jamás se despide del follaje subiente de espumas.
Me reclino en los huesos,
me arranco de las pieles litúrgicas
como el viejo rey asirio -ya ciego-
lamiendo una sortija polvorienta.
Signos de nieve en el jardín.
Los caireles dorados no retornan como los frutos.
La noche transfigura y quema
cuando todo es posible, desde el negro almíbar
de la sal de tu llagas.
Nupcias del ungido y del verbo:
¿con qué dolor me abrazaste
desde el centro del mundo hasta esas lianas
sumergidas de la historia?
¿Hacia dónde la lumbre
en la mansión de presagios?
Vístete con estrías de soledad,
con gérmenes hambrientos, con alabardas
que fingen la joven que no serás
ya nunca por las playas del reino.
Queda la fragua unigénita llamando al relámpago:
¡Al fin habrías de verte, remotísima
en la heredad de la pascua tenebrosa de la especie!
¿El rapto?
¿Madréporas sin piedad hamacando al recuerdo?
¿Almacenes de columnas rotas
donde llorar el hastío, donde llorar carcajada?
¿La inquietud de amar
aquella luz que nunca vuelve?
¿El estéril cementerio, los tules y la lluvia?
¿Y qué significan las moscas
preparatorias del dulce hedor de la madre que duerme?
Voces extremas -como relinchos- en el muro.
Un rayo falsea con ácido brutal
las lenguas del retrato. 
 
 
 
Manuel Lozano

 

 

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