|
El asco era una
luz gimiente por los muslos.
Misericordias
del sueño, alma redemptoris,
¡Así jugaban con
caretas desvirtiéndose sobre tu cara de tigra!
¡Así la clave
en mimetismos
iba cruzándote
gardenia implacable, verdinegramente amada
por todas las
cortezas!
¿No te
crucificaban en trono de cortezas?
Hay que
contemplar la fiesta alevosa del peligro:
mi madre
esconde un cuchillo debajo de la almohada
y duerme con
él
como si
fuera un amante de perfectísimo esqueleto,
y jamás se
despide del follaje subiente de espumas.
Me reclino en
los huesos,
me arranco de
las pieles litúrgicas
como el viejo
rey asirio -ya ciego-
lamiendo una
sortija polvorienta.
Signos de nieve
en el jardín.
Los caireles
dorados no retornan como los frutos.
La noche
transfigura y quema
cuando todo es
posible, desde el negro almíbar
de la sal de tu
llagas.
Nupcias del
ungido y del verbo:
¿con qué dolor
me abrazaste
desde el centro
del mundo hasta esas lianas
sumergidas de la
historia?
¿Hacia dónde la
lumbre
en la mansión de
presagios?
Vístete con
estrías de soledad,
con gérmenes
hambrientos, con alabardas
que fingen la
joven que no serás
ya nunca por las
playas del reino.
Queda la fragua
unigénita llamando al relámpago:
¡Al fin habrías
de verte, remotísima
en la heredad de
la pascua tenebrosa de la especie!
¿El rapto?
¿Madréporas sin
piedad hamacando al recuerdo?
¿Almacenes de
columnas rotas
donde llorar el
hastío, donde llorar carcajada?
¿La inquietud de
amar
aquella luz que
nunca vuelve?
¿El estéril
cementerio, los tules y la lluvia?
¿Y
qué significan las moscas
preparatorias del dulce hedor de la madre que duerme?
Voces extremas -como relinchos- en el muro.
Un
rayo falsea con ácido brutal
las
lenguas del retrato.
Manuel Lozano |