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Tiembla el sueño
en los candiles de otro sueño,
lóbrega lujuria:
dorada savia.
¿No oías en tu
siglo
la obediencia
rota más promiscua?
Sea con nosotros
un mínimo universo
de rabia y
ceguedad
para sorber la
tierra prometida
-a grandes
tragos-
y navegar por
sus mares color vino,
¡los de
almizcle, los muy traidores!
Las
pordioseras como ratones me huelen.
Nunca el amarre,
nunca la embestida,
palpables en las
manos de la fiebre.
Cada ungida es
un monstruo.
¿Temblaba tu
sangre
según las
rotaciones del águila nocturna?
Un pesebre de
culebras
habrías de
descarnar con aullido de Rubens.
¿Pero regresas
también a ese teatro
de impura niebla
en la palabra impura?
Admirable
el crimen visto desde arriba.
Su aliento
vierte brujerías
hasta sobre el
centinela, el pequeño tambor
en tu costado
izquierdo.
Entro en Adán.
Sacrilegio y
santuario
alertan con tono
lluvioso que ha llegado
el anciano de
los días.
¿Así que habrías
de alborotarte
con hálito de
juglar bajo la almena?
Pasa
un vástago de Conrad
caminando sobre
mares desnudos.
Pasa el
incomparable.
Pasa un afuera
sufrido de llanura.
Pasan las putas.
Pasa el
embustero con ojos de barro.
Pasa un
escuchador de ilusiones.
Pasa entre dos
truenos antiguos
el portador de
coronas.
Pasan los que
alumbraron
con piedad el
agua lastimada.
Desde
el Empíreo con anchura de milagros
arrojaron al
despreciable,
hartado de sí
mismo y de los hombres.
¿Qué buscaron
menos tus ojos
cuando el vacío
feral se llenaba?
Marchan como un
séquito intrigante
a la oscura
mitad de este reino
guardias y
leones, ruinas y guirnaldas.
¡Es que ha
muerto una niña!
Manuel Lozano |